La obra de Dart nos recuerda muchas veces a la irreverente pintora italiana Carol Rama; pero es mucho más sugerente. Cada trazo parece una caricia; a veces sublime, a veces látigo; pero siempre sugerente. Sin colores muchas veces. El color está en la expresión de un gemido, en una lágrima. Irrespetuosos trazos para quienes simulan no haber disfrutado del sexo. Blasfemos movimientos para impíos. Descaradas miradas que no dejan indiferente a quien se deleita con su obra. Obra atractiva, disuasiva, estimulante, evocadora, llamativa, provocativa, retrospectiva y sugestiva que convierten a quienes estamos fuera de sus cuadros en un observador voyeurista y parafílico, contemplativo.
Cada trazo es un verbo o un adjetivo para convertir cada conjunto pictórico en algo augusto, mayestático, señorial, solemne, sublime, esplendoroso, magnífico, grandioso, regio. No hay alarde en la obra de Anna Dart, no hay insinuaciones. Hay evidencias sin ser estridentes pero siempre de forma sugerente, delicada; como delicada es la vida etérea de una amapola. Son instantes. Instantes que se convierten en hechos fascinantes como la vida misma. Instantes que provocan delirio y embeleso; arrebato, encantamiento, elevación, pasmo y misticismo. Pero qué es la vida y su magia si no todo eso.